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Por Elina Wechsler
Fedra es un personaje de la mitología griega. Era una princesa cretense, hija de Minos y de Pasífae, y hermana de Ariadna. Fue raptada por Teseo, tras abandonar éste a su hermana Ariadna, para casarse con ella y en esta unión tuvieron dos hijos: Acamante y Demofonte. Pero se enamoró del que era su hijastro, Hipólito, el hijo de Teseo e Hipólita, reina de las Amazonas; pero este rechazó las insinuaciones, por lo cual Fedra, despechada, lo acusó ante su padre de haber intentado violarla. Irritado Teseo, entregó a su hijo a la furia de Poseidón, quien envió un monstruo marino que espantó a los caballos de Hipólito, que fue arrastrado y resultó muerto. Llena de remordimientos, Fedra se suicidó, ahorcándose, al saberlo El personaje de Fedra es mucho más que el de una madrastra enamorada de su hijastro. Es la tristeza infinita, el dilema ético, el sacrificio extremo, el deseo compulsivo de la confesión amorosa, el alarido desgarrado de la pasión: su arquetipo Amar a quien no se debe, como se ha dicho, o más bien, amar a quien no se puede amar. Pasión por la disimetría, por la imposibilidad, goce histérico en la insatisfacción, llevado hasta la muerte como castigo por la desmesura. Fedra, raptada primero y transformada luego en reina y esposa por Teseo, héroe de héroes, se enamorará, durante la ausencia de su marido, de Hipólito, su hijastro. Al anuncio del regreso de Teseo, a quien se daba por muerto, se considerará un monstruo por haber confesado su pasión. Condenada de antemano, como en toda tragedia, sacrificará hasta su vida por este arrebato que nada ni nadie podrá calmar. Arrebato pasional femenino que, cambiante en las formas por las modalidades de los tiempos, sigue apareciendo como la tragedia femenina por antonomasia. Como si el destino-mujer se expresara aquí de manera radical. Morir de amor, real o psíquicamente, concierne también a los hombres, pero en nuestra cultura, y esto es precisamente lo que nos indican los clásicos, se muestra como lo específico de la tragedia femenina. Los héroes, interesados por la guerra, la batalla, el adversario, el honor, los asuntos civiles. El discurso pasional masculino suele encubrirse por la razón de Estado. Las heroínas, en cambio, hablarán desde una verdad personal que atañe a los asuntos de familia y, en último término, del amor. Así, en Eurípides, Medea matará a sus hijos por el desamor de su marido, Jasón, y Fedra actuará el arrebato pasional por Hipólito anudando dramáticamente la transgresión pasional y la prohibición que Teseo, padre y esposo mitológico, representa. El rumor sobre la muerte de Teseo desencadena el arrebato pasional, en aras de lograr el goce imposible que ahora sí, en ausencia de la Ley, se creerá posible. La palabra de Fedra se inscribe en una cadena genealógica femenina; ella pone la voz desgarrada a las historias repetidas de las mujeres de su familia. - ¡Oh, el odio de Venus! ¡Su cólera fatal! ¡A qué extravíos el amor condujo a mi madre! Ariadna, hermana mía; ¿de qué amor herida fuiste a morir en la orilla en que te abandonaron? Cadena hablante de una genealogía trágica femenina. Mujeres esclavas del falo, encarnación de la castración. Fedra se describe como atravesada por la cadena maldita, pero justifica su acto no como determinado por ese drama, sino en nombre de la certeza de su amor, que, como a los de su madre y su hermana, idealiza, transforma en goce supremo y en arma de batalla. Fedra encarna el fantasma de las mujeres de su linaje, les da su voz. Lo no simbolizado en torno al lugar de lo femenino es el resorte de su discurso, de sus síntomas y de sus actos. Los significantes privilegiados: amor, horror y abandono. La maldición cae sobre la madre y recae sobre las hijas. Personajes míticos de Creta, su madre, Pasifae, se enamoró de un toro (¿hay alguna duda sobre este símbolo fálico?) y de su unión nació el Minotauro, el monstruo que despierta horror y que representa un flagrante desorden de lo humano. Su hermana Ariadna se enamoró de Teseo, a quien posibilitó encontrar la salida del laberinto. Se fugaron. Teseo la abandonó en la isla de Naxos. No se trata ni más ni menos que de la repetición del drama de la generación anterior, y aun, del drama femenino por excelencia, vivir y morir por el amor, convirtiéndose la pasión por un hombre en el único horizonte libidinal posible. Causa de vida o de muerte. |
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